14 julio 2009
Entre chiítas y suníes anda el juego
"Most Westerners are insensitive to these doctrinal differences, viewing them as dry technicalities rather than matters of cosmological importance. The Sunni-Shia split dates back to the seventh-century dispute over who was meant to be the Prophet Muhammad’s rightful successor. Today’s Shia are descended from those who believed that Muhammad had chosen his cousin and son-in-law, Ali, as his heir. This was a minority view in the days following the prophet’s death, and one of his lieutenants, Abu-Bakr, was made caliph and successor to Muhammad instead. The schism became permanent after the Battle of Karbala in 680, when Ali’s son Hussein was killed by the caliph’s soldiers." Y sigue la matanza siglos después...
¿De ahí el drama que no cesa?
Como a menudo, The Atlantic propone ideas brillantes. Y no descaminadas del todo.
Demasiada cerveza sin

13 julio 2009
Contraorden
Y yo he de acatar, y acato, la contraorden. No soy yo quien ha pagado el billete de avión ni es mi Visa la que garantiza la reserva en el Hilton de la Corniche. Me quedo en casa.
Y me embarga una sensación de disgusto que reprimo. He sido contratado para viajar. Si me cancelan mis viajes (y no es este el primero que me anulan), no puedo evitar pensar que no saben bien para qué me tienen.
En fin, ellos sabrán (o no).
Reprimo el disgusto diciéndome que no vale la pena que me disguste por esto, que al fin y al cabo es un mero contratiempo laboral. Adopto una actitud zen: si ellos me encargaron el viaje, ellos me lo han anulado; de mí no dependía, sólo me queda acatar.
Y me dispongo a hacer nuevos planes para estos días en casa que me acaban de caer del cielo.
12 julio 2009
Abu-Dhabi, mon amour

Muerte en Le Muy

11 julio 2009
El héroe desnudo

10 julio 2009
Borracho de mar, vuelvo a casa
Embriagado por la amplitud sin fondo de la mar océana, he vuelto hoy a casa.
Las seis eran. Un resplandor sin brillo apuntaba el día sin osar deslumbrar. Silencio en los pasillos, y cristales sin tara en las albercas. Un mirlo se escabulle cuando abro la cancela que da a las dunas y camino solo entre sabinas, pinsapos y enebros cuyo verde funeral refulge a esta hora porque todavía no vierte el sol sobre la playa su oro y su calor.
Frente a mí la playa recién peinada, y la mar océana, toda entera ante mí rendida y lamiendo los restos que la noche ha dejado en la orla de sus espumas. Extiendo la toalla y me descalzo. Zapatos de vestir, negros. Me quito la camisa de azulete y los pantalones del traje de faena (gris marengo, pinzas y dobladillo inglés). Miro la ropa sobre la arena, tan desubicada. Sólo la serpiente azul de mi corbata falta. Y pienso qué tan innecesario es todo frente al mar.
El mar es gris y poderoso. Si me asomo a la línea de horizonte, me arrastra el vértigo. Sus olas trenzan abanicos efímeros; su inmensidad es incansable. La brisa levanta espumas que difuminan los extremos de la playa, y siento sobre la piel desnuda el relente fresco del día que apenas ahora se despereza.
Desnudo, me siento a mirar el mar y su baile que no cesa. No quiero meterme en el agua, no quiero luchar contra las olas, no hoy, no ahora; prefiero mirar el mar y llenarme con sus secretos, del olor de tantos pecios que él esconde, de tantas otras playas que él conoce, y quiero hoy, en esta hora íntima, sentirme solo y pequeño. Y no hablar. No recordar versos, sino vivirlos. No pensar en la granulosidad de la arena, sino sentirla en mi piel. No pensar en las mareas y sus costumbres, sino verlas subir. No pensar en el avión que he de tomar para volver, sino soñar con los barcos que nunca abordé. Quiero que surja una mujer del agua, una Venus, una odalisca, una bella hembra sin secretos, un canto de sirena, una mermaid rubia, una ondina con perfume de algas dulces. Y que a mi lado pase y se pierda entre las dunas. Y que si deseo seguirla se confunda luego con los lirios blancos que se abrirán cuando el sol los encienda. Y que no la encuentre.
Miro el mar y en él me hundo, y su ritmo de verano por estrenar me sosiega. La soledad, la libertad, la dicha de ser uno y mar a la vez. Respiro hondo y el aire molusco entra en mi pecho, como entra el salitre y el recuerdo de otras playas, de otros días, de otras madrugadas. Expulso el aire lentamente y la brisa se lleva silencios que aún retumban. Inspiro: el frescor de las algas, y el blanco de unas conchas; luego suelto desalientos. Inspiro: un palo medio hundido se yergue; luego se vierten sobre la arena vasos de agua vieja y lodos de cortesía. Inspiro: los pulmones se ensanchan para que quepan mil peces dando vueltas; cuando expiro limpio de sangre y entrañas el suelo de una lonja. Inspiro: la rotundidad de una ola me lleva; el revolcón ya no duele. Inspiro lentamente, len ta men te, lenta mente; expulso un deseo que me distrae. Abro la boca para llenarme de sonrisas; las gaviotas alzan el vuelo. Inspiro: me entra el mar por las venas; expiro y desangro mala leche. Inspiro el gris y sus matices y pinto luego el arenal con la luz del mediodía.
Cuando me levanto y me interno en las dunas de
No hallo en ella a la mujer que amamanta al bebé, y que me miraba ayer partir cuando aún no había salido el sol. Sobre ella quisiera derramar la sal fiera de mi felicidad que ha madrugado hoy para salir al mundo y beber de él. Borracho de mar, vuelvo, un poco menos perdido; ebrio de mar y con el verano del Sur erizándoseme en la piel.
Ilusión
I
Por el alba,
un verde aspidistra clara.
¡Si me escapara de casa
y fuera al mar por retama...!
Retama para el florero
mío, que no tiene agua;
para el altar ultramar
de mi traje marinero,
para...
¡A la playa,
por las retamas saladas!
II
Al alba me fui,
volví con el alba.
Vuelvo,
chorreando mar,
a mi casa.
Amargo,
sin retama.
De Rafael Alberti (Marinero en tierra, 1924)
¡Dejadme acercar al mar!
¡Dejadme acercar al mar!
Dejadme,
que nunca lo he visto,
el mar de Rafael.
Siempre soñado, siempre leído,
y jamás visto.
¡Dejadme acercar al mar!
Y llegamos a la playa cuando la bola encarnada del Sol se hunde en el mar, y miro de recordar (en vano) algunos versos de Rafael Alberti, o tal vez fuera en La arboleda perdida, no recuerdo, trato de recordar lo que dejara escrito frente al mar de esta bahía. ¡Y son tantos los versos!
Sol de atardecer eterno cuyo tiempo se torna malva junto a la línea del mar.
Me habían hablado de las playas gaditanas. Me han hablado hoy del way of life de esta provincia de sures interminables como playas, de esta capital que resistió (única) a la invasión francesa de 1808, y en cuya tierra yacen fenicios, romanos y cartagineses (trescientas setenta y tres tumbas sacamos de aquí, cuando empezamos a hacer el parking, me dicen).
No se entiende al poeta sin oler antes el olor de su tierra.
Es medianoche. Oigo el oleaje. Luna llena. Mañana saldré a pasear por las dunas. Y quizás me extravíe en la deliciosa arboleda perdida, en la memoria de los versos, en la melena blanca de aquel exiliado que se vino a casa a morir después de embriagarse con la luz de esta su bahía de Cádiz.
06 julio 2009
El emperador casi perfecto
Habrá que buscarla.
05 julio 2009
El bufón no sabe estar triste (y lo lamenta)
¿Quién tuviera la osadía del bufón del Rey Lear? A menudo me pregunto la razón de cuanto hago.Cuando una amiga me llama a media tarde para pedirme comunique al grupo de amigos, a la tribu, la súbita muerte de su padre, se confunde el miedo, el miedo bruto, el que atenaza las entrañas con alicates, con el miedo al ridículo, con el qué-dirán, con la consciencia de cuán superfluo es todo lo que escribo. Cuando más tarde, chateando con otra amiga, la incito a seguir escribiendo, a que siga al menos tomando notas en pleno naufragio, me doy cuenta con sonrojo, con vergüenza, de mi supina ignorancia de tantas cosas, de lo tremendamente exigente que puede ser el dolor. Su marido no sabe si éste será el último verano, y se les agostan los días en la lucha contra la enfermedad, las de él que lucha fieramente y las de ella, mi amiga, que todo lo ha dejado para prestarle apoyo. Y yo que me empeño en invitarla a escribir. ¡Qué necedad!

